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Los cigarrillos (legales) se hunden

No penséis que me he olvidado de vosotros. Tengo mucha tarea y, citando a los clásicos (es decir, Mafalda) “Como siempre, lo urgente no deja sitio a lo importante“. Parece que el filtro antitrolls que tiene wordpress funciona de maravilla, porque estos días atrás hemos sufrido el ataque furibundo de un antitabaco lleno de ira y de argumentos cacosos y el propio blog lo ha clasificado de spam. Os imagináis los piropos que os lanzaba, ¿no?

Ya sabéis que yo soy partidario de que todo el mundo diga lo que le parece, a favor y en contra. De hecho, alguien hay por ahí cuya respetable opinión siempre es contraria a la mía, pero con firma. Otra cosa es trollear y, aunque el mejor remedio contra los trolls es no darles de comer (“Don’t feed the troll“), ante sus razones espirales y retroalimentadas muchos de vosotros no podéis refrenaros. Así que, mejor así.

Os cuento que he estado manejando cifras de venta de cigarrillos en 2012 y  son un cante. Puede que alguna ex ministra de Sanidad se sonría de medio lado y que las asociaciones médicas aplaudan y atribuyan el descenso de venta de cigarrillos a la Ley Antitabaco, confundiendo al personal, como hacen siempre, en un cóctel de cifras en el que no se marca la diferencia que existe entre venta y consumo de tabaco. Son cosas muy distintas, como todos vosotros sabéis. Las ventas de cigarrillos han vuelto a caer en 2012 un 10%, pero el consumo, queridos amigos, no ha dado señales de descender y eso no está medido, salvo por el Barómetro Sanitario 2011 (CLIC página 10), del Ministerio de Sanidad, que insiste en que, a pesar de leyes, prohibiciones, arrinconamientos y estigmatizaciones sociales; a pesar de las ministras que salen ufanas a anunciar a la prensa que gracias a su ley han dejado de fumar un millón de personas… En España sigue fumando un tercio de la población adulta. Igual que hace dos décadas. Vamos, que las políticas antitabaco basadas en la represión del hábito son, como siempre hemos dicho en Fumadores por la Tolerancia, un rotundo fracaso.

Hace cinco años, el mercado de cigarrillos en volumen superaba las 90.000 millones de unidades vendidas. Se hablaba, entonces, de mercado maduro, con una leve tendencia al decrecimiento. Nadie podía espera que en 2012, el mercado apenas superara los 50.000 millones de unidades, un 40% menos en un quinquenio. Aquella “leve tendencia al decrecimiento” se convirtió en una caída del 9’88% en 2009 (81.000 millones de unidades), otra del 11% en 2010 (72.000 millones de unidades), un hundimiento del 17% en 2011 (59.000 millones de unidades) y un 10% menos, de nuevo, en 2012.

En este punto de la ecuación, hay que volver a hablar del impuesto contra los fumadores, porque estoy convencido de que os va a resultar, al menos,  curioso. A pesar de que el mercado de cigarrillos se ha empequeñecido hasta casi la mitad, en 2008 los fumadores pagamos a Papa Estado 9.200 millones de euros en impuestos por fumar y, en 2012, con la venta capitidisminuida, esa cifra ha subido hasta los 9.300 millones de euros.

¿A que no adivináis por qué?

La marca más vendida, Marlboro, ha pasado en estos cinco años de 3’00 euros a 4’65 euros, es decir, ha subido un 55% y hoy ya no se puede encontrar en el mercado un paquete de cigarrillos por debajo de 3’80 euros. ¿Han sido las malvadas tabaqueras?  ¡No! ¿Acaso los avariciosos estanqueros? ¡Tampoco! Ha sido el Estado que ha subido los impuestos hasta, en algunos caso, el 86% de la cajetilla. Os encargo una tarea: encontrad otro producto de venta legal en España cuyo precio haya subido en cinco años un 55%. No hay ninguno, ¿por qué? Porque se habría hundido su demanda.

Las subidas de precio benefician en parte al estanco, cuya comisión es fija del 8’5%, pero, por otro lado, empujan a los consumidores a otras ofertas. Ese es el único e indudable resultado del enorme incremento de la presión fiscal sobre los fumadores: el fumador no deja de fumar por mucho que le suban los impuestos. La demanda de tabaco es rígida, pero se desplaza a otros productos, para seguir consumiendo a mejor precio.

Aquí entra, sin duda, el tabaco de liar y su meteórico ascenso, que si el consumidor entiende que es más barato es porque, también, deja menos rédito sobre el mostrador del estanco. Pero lo malo no son las nuevas variedades de tabaco legal, sino la invasión lenta y despiadada del tabaco ilegal: contrabando tradicional (menudeo de frontera, principalmente), cajetillas falsificadas que vienen del este, que son cigarrillos de tabaco y de a saber qué más y, sobre todo, las marcas blancas ilegales.

En 2012, según El País (CLIC), la Guardia Civil incautó de 491.000 cajetillas de tabaco ilegal, frente a las 242.000 del 2011, es decir, un 103% más. Las aprehensiones de las aduanas, por alta que sea la cifra, suelen ser sólo una parte pequeña de lo que entra por la frontera. Hoy se estima que el tabaco ilegal copa ya entre el 10% y el 12% del mercado, es decir, entre 5.000 y 6.000 millones de cigarrillos. Esto sí que hace daño: al estanco, a la industria tabaquera, al Estado, que ve mermados sus ingresos por impuestos y, sobre todo, al fumador que, por ahorrarse un dinero, no sabe ni lo que está fumando.

Y, mientras tanto, los médicos a celebrarlo por todo lo alto. No sabemos qué: hay los mismos fumadores, se expone a los consumidores a tabacos de ínfima calidad y dudosa procedencia, los estanqueros se arruinan… Alguien debería darse cuenta de que las políticas antitabaco tienen que dar un giro de 180 grados y que en el debate público sobre fumar o no fumar, copado hoy por argumentos puramente sanitarios, hay que dar espacio también a razones lógicas de ámbito socio-económico.

Mucho ojo con el tabaco que compráis. Os lo digo en serio. Hay en el mercado negro auténtico veneno para fumar. Quiero decir veneno de verdad.

Javier Blanco Urgoiti, portavoz de Fumadores por la Tolerancia

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